sábado, 27 de diciembre de 2014

Houellebecq, la desesperanza y la interpelación de la raza.

Tu barrio, tu ciudad, tu provincia, tu país, tu continente. Ser de Colegiales, ser de Capital Federal, ser de Buenos Aires, ser latinoamericano. En el sentido estricto, cada una de estas categorizaciones son discriminaciones. Decir que cada barrio tiene su propia cultura podría ser exagerado, lo que no significa que no exista discriminación a partir de la pertenencia a uno en particular. Categorizar, esa actividad tan necesaria para los afanes organizativos de las personas. Esta necesidad, que quedará para los eruditos determinar si antecede a la moral y así determinar si la discriminación es "mala" o si funciona como un primitivo mecanismo de defensa devenido en violencia social por cruces culturales, me llevó a pensar en un plano de no-posibilidad de discriminación.

Siguiendo con la lógica de extensión de la primera oración, nos quedaría: tu barrio, tu ciudad, tu provincia, tu país, tu continente, tu mundo. Por "mundo" me refiero puntualmente al planeta que habitamos: nuestra Tierra. Ya no más chata ni sostenida por tortugas.
Tal vez llegue el día en el que seres interplanetarios nos acusen de n-adjetivos por terrícolas, pero si hay algo que es cierto es que, hoy por hoy, nadie puede hacerlo. Así, la "discriminación" por terrícolas sería una de las pocas en las cuales la totalidad de la Humanidad queda contenida y a salvo.

Cuando uno intenta hacer algún análisis, probablemente incompleto, plagado de errores, vago e impreciso de la Humanidad en la actualidad, es muy difícil realmente estar hablando de La Humanidad y no de alguna de sus facciones (discriminaciones).
Recientemente tuve el agrado de toparme con "Las Partículas Elementales", de Michel Houellebecq. Antes de seguir, recomiendo altamente su lectura. No sólo por ser una novela brillante, sino porque los planteos filosóficos, en teoría no discriminativos, que levanta, son una crítica cruda al posmodernismo y al curso en el que avanza la raza humana como un todo. Ahora, ¿a quién critica puntualmente Houellebecq? Dejando de lado su fascismo poco disimulado, su odio al Islam y alguna que otra crítica al pasar al mundo musulmán (que bien podría ser denominado El Mundo de Oriente), Houellebecq critica en particular al mundo de Occidente. Y acá se produce un quiebre en esa discriminación inicial. Porque Occidente no es una separación geográfica. Occidente es una separación filosófica, cosmológica si se quiere. Y, por más que tecnicamente la mitad del mundo forme parte de Occidente en sentido geográfico estricto, la realidad es que es muchísima menos gente la que comparte su cosmovisión.

En un principio, al finalizar el libro, sentí una depresión muy grande. Que una mente con una capacidad de abstracción tan alta y una capacidad de análisis tan completa pinte un panorama tan oscuro me generó una sensación de desesperanza enorme. Y ahí vinieron a salvarme todas nuestras discriminaciones. ¿Por qué? Porque no todos somos Occidente. Porque no todas las sociedades viven sumidas en la depresión del tedio y la individualización sexual. Porque así como un paradigma llevó a una porción de la Humanidad a dominar culturalmente a gran parte del resto hasta hacerlos creer ciegamente que forman parte de ella, la realidad es que nosotros no terminamos de encajar en ese Occidente negro, depresivo, que coarta su utopía en su propia realización.

Occidente considera que Occidente es todo, y que todos somos ellos. Nosotros tenemos que pensar a qué bando queremos pertenencer, o si queremos empezar un bando propio. Una cosmovisión propia. Crear nuestra propia discriminación.

martes, 23 de diciembre de 2014

La Sensación de Inseguridad intelectual.

Existe una dificultad inherente al acto de empezar a escribir y esa es que, efectivamente, uno tiene que empezar. Las primeras palabras, la primera idea, la forma de expresarse inicial le da forma a los ojos del lector y le cambia el prisma de acuerdo a su perspectiva: si le gustó la onda lee con un poco más de ganas, capaz que hasta le deja pasar una o dos porque ese interés inicial logró convencerlo; por otro lado, si de entrada le pareciste un gil, no sólo no va a leerte, sino que le va a decir a todos que te leyó y que, sin lugar a dudas, sos un gil.

Pero bueno, ya pasó el primer párrafo así que, técnicamente, ya empecé. Con lo cual me puedo tomar una de esas licencias en caso de interés y cambiar radicalmente de tema, al tema que, en una de esas, es el que me llevó a ese primer párrafo inconexo. ¿Cómo decir lo que uno quiere decir? ¿Qué es lo que uno quiere decir? ¿Hace falta decir algo? De las 3, la más fácil de contestar es la última y la respuesta es "No". Nunca hace falta decir algo, lo que no significa que uno no quiera hacerlo. Los motivos ya son charla de carioca.

La subjetividad nos guía en los juicios de valor que hacemos todos los días y en los que se basan todas las jerarquías y estructuritas que nos gobiernan por arriba de los que nos gobiernan. Y esa subjetividad sólo existe en los ojos del otro, por lo que si no hay otro, no hay nada. "El Hombre es un animal social". Y sí. Si no hubiéramos tenido como motor superar al otro, probablemente no hubieramos hecho un choto, así que sí, somos un animal social. La valoración que el otro hace de nuestras acciones es el arma fundamental que saca el proceso de decisiones que tenemos programado en el cerebro para convencernos de actuar "bien", de acuerdo a la moral de turno. Porque realmente nadie te obliga a no salir a la calle, echarte un garco en la vereda, subirte los lompas e irte a tu casa de nuevo. El tema es la vergüenza, y que el vecino que se vuelve loco porque los perros le cagan el arbolito que tiene en la puerta de su casa te llega a ver y te va a correr hasta meterte la caca para adentro del culo con el puntín de la zapatilla, pero el punto es que ni siquiera se llega a eso.

Yendo de lo "tan general que medio que ni se de qué estás hablando" a lo "esto es tan particular que ídem anterior", esa misma subjetividad se encarga de juzgar lo que leés, vis-à-vis, estos bytes en formato cartulina que tenés adelante de tus ojos. Y me encontré pensando en qué sería "lo correcto": si pensar en el lector a la hora de escribir o si uno tiene que escribir lo que se le dé la gana y cómo se le dé la gana y al que le gusta bien y al que no que se compre otro libro de Coelho. 

Acá hago el gancho con el título, lo cual es genial porque sino no sé, pero tenía que haber un gancho. Para tratar de entender qué sería lo correcto, bajo mi propio prisma, pensé la siguiente gilada: "¿Qué sabe ese gil que dice que soy un gil si soy un gil? Hablame de Sensación de Inseguridad intelectual". Y es eso, es el miedo a que los demás te vean como un gil lo que te lleva a pensar en el otro antes de en cómo querés vos decir algo y, más importante todavía, qué es lo que querés decir. Si te vas a sentar a tirar postas como si fueras un elder de alguna tribu de la concha de la lora a la vuelta, ahí probablemente no sólo quedes, sino seas un gil. Pero en la expresión sin verdad no hay verdad. Y preguntarse y tratar de contestarse es de lo más lejano a ser un gil en mis libritos. 

Con lo cual cómo empieza uno a escribir debería ser tan natural como cómo empieza uno a hablar, y ahí ni en pedo dedicamos tanto tiempo a pensar antes de largar frula. Yo, personalmente, finalicé el desafío Fort Boyard de escribir algo más largo que un eructo de chocotorta bajada con Coca-Cola.

jueves, 5 de enero de 2012

Dinámicas sociales en Twitter.

La tecnología. Según la Real Academia Española, la Tecnología es, como definición principal, el "conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico". Claro está, que esta definición está alejada de lo que nosotros pensamos al escuchar esa palabra. Por otro lado, televisores LCD o LED TV, computadoras, notebooks, netbooks, smartphones, reproductores de MP3 o tablets, si son relacionados inmediatamente con el avance tecnológico. Uso esta introducción simplemente como marco, ya que no pretendo escribir sobre el avance tecnológico per se, sino sobre la influencia que este avance tiene en las dinámicas sociales a través de la red y, más precisamente, en Twitter.

La influencia que tiene internet en nuestras vidas es innegable. Google, Facebook, Twitter, Youtube, Hotmail, Gmail, por nombrar sitios populares, se aferraron a nuestra cotidianeidad al punto de generar una especie de simbiosis con sus usuarios. Porque es cierto que todas esas páginas, a fin de cuentas, dependen de nosotros. Pero también es cierto que nosotros dependemos de ellas. Por citar un ejemplo, hoy si no sabés qué significa algo, lo buscás en Google. Podrías ir a un diccionario, podrías preguntarle a alguien, pero ¿para qué? Es muchísimo más fácil y práctico abrir una pestaña del explorador y googlearlo. Otro claro ejemplo es el uso de Wikipedia como fuente universal para toda información que necesitemos. No nos importa que CUALQUIERA pueda editar los textos, no nos importa la confiabilidad de lo que estamos leyendo y no nos preocupa verificar que la información sea correcta. Si lo dice Wikipedia, debe estar bien.
Pensando un poco en estas cosas, recordé la frase "no tenés vida", haciendo referencia a que uno pasa demasiado tiempo en el mundo virtual y poco tiempo en el mundo real. Obviamente que hay casos extremos, de gente que no tiene ningún tipo de contacto con nadie, que se abstraen de la realidad por completo y se sumergen en esta realidad paralela que les ofrece la computadora o los videojuegos o lo que sea, pero son los menos. La realidad es que, hoy en día, al nuestras vidas depender tanto del uso tecnológico, la interacción por medio de redes sociales (Facebook, Twitter) es parte de la vida y, a modo de juicio personal, considero mucho más social, escribir en Twitter que mirar la TV, lo cual creo que es considerado una actividad más real.

Dicho esto, me adentro en el tema que me llevó a escribir esto: Twitter. No pretendo dar una lección sobre su uso, es una red social y cada uno la utiliza como quiere y para lo que quiere, pero si voy a dar mi opinión sobre lo que yo, personalmente, considero malos usos o, para ser más claro, "ser un pelotudo en Twitter". Hay gente que utiliza Twitter para seguir famosos, gente que lo usa sólo para leer y no participa activamente. La verdad que ambas posturas me parece más que válidas. En mi opinión, son usuarios pasivos. Yo considero a Twitter como un espacio para volcar ideas y, como tal, creo que su objetivo principal es que la gente te lea. El punto es cómo hacer que la gente te lea, y acá es donde surgen los pelotudismos twitteros.

El primer ejemplo que se me viene a la cabeza es el "te sigo, ¿me seguís?". Para que te siga, me tiene que interesar lo que tenés para decir. No me hacés un favor siguiéndome y, por esto, no tengo ninguna obligación de retribuírtelo. Si encuentro algo que me atrae en lo que escribís, así lo expresaré mediante un follow, sino, no. 
De este primer ejemplo deriva el "unfollow back". Pareciera ser que, así como piensan que seguirme es un favor que me hacen, si los dejo de seguir soy una especie de traidor. Su castigo ante esta traición es dejarme de seguir ellos a mi también, como una especie de venganza. Me escapa el proceso mental que los lleva a pensar en un unfollow como algo personal, en vez de pensarlo como un "no quiere leerme y está en todo su derecho de no hacerlo". Porque si no te gusta lo que escribo, no entiendo para qué esperás a que te deje de seguir para hacer lo mismo. Y peor todavía, si de hecho te gusta lo que escribo y me dejás de seguir simplemente porque te resté una unidad en tu cantidad de followers, sos un boludo.
Otro ejemplo sería esas personas que a toda costa quieren llamar tu atención para ver si se ganan un follow. Te siguen, te dejan de seguir, te siguen de nuevo, se vuelven a arrepentir, te dan un millón de RTs, te llenan de estrellitas sin ni siquiera leer lo que escribís y así creen que uno, como agradecimiento por el apoyo recibido, los va a empezar a seguir. No me queda otra opción más que repetir lo que dije anteriormente: para que te siga, me tiene que interesar lo que tenés para decir. No necesito amiguismos ni un grupo de apoyo que me levante el autoestima haciéndome creer que escribo bien. 
Después, ya del lado de los que tienen muchos seguidores, se encuentran términos como: "pocosfologüers" y "mongoreply". Lo único que tengo para decir con respecto a esto es que, si considerás que tener más seguidores que otro te hace una persona de mayor valor, podrás ser alguien en Twitter, pero en la vida sos un idiota.
Por último, pero no por eso menos importante, lo que yo considero grupos de autoayuda. Lo raro de esto es que en general son personas con un gran número de seguidores y sería muy tonto de mi parte desmerecer su "talento" para escribir.  A uno puede gustarle o no, pero es innegable que son personas que tienen una forma de decir las cosas que le llega a mucha gente. El pelotudismo empieza cuando, por ser parte de este pseudogrupo de autoayuda, dejan de considerar el contenido y sólo les importa la persona detrás de ese contenido. Así, se llenan de estrellitas, de copitas, etc. Chucherías que se dan entre amigos, escriban lo que escriban. Como corolario, las personas de los ejemplos anteriores dan su apoyo a esto y así, personas que llegaron a tener una gran cantidad de followers en base a su calidad para escribir, terminan escribiendo cualquier idiotez sin contenido porque tienen esa seguridad de que su ego no se va a ver dañado por falta de laureles en Favstar. 
Podrán o no estar de acuerdo con esto, así como también podrán aportar varios ejemplos más, los cuales pueden dejar en la parte de "Comentarios". Es un tema puramente subjetivo y, como dije antes, cada uno lo utiliza como quiere. 


No se si debería intentar una conclusión con respecto a esto, ya que son meramente comentarios sobre dinámicas que observé en Twitter y no resisten mucho debate por estar sujetas a opiniones muy personales. Pero como último pensamiento se me ocurre que, si estas situaciones no se dieran, Twitter sería una herramienta mucho más poderosa, útil e interesante.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Cultura de Neardental, Hombres de Cromañón.

7 años. Casi 1500 heridos. 194 muertos. Se cumple un nuevo aniversario de la tragedia de Cromañón, y al pensar en lo que pasó, tengo una rara sensación de que tanto fue hace muchísimo tiempo, como que también fue hace muy poco. Lo cierto es que, a pesar de que nos vamos acercando a la década, muchas heridas siguen abiertas.
Como parte del proceso curativo, de esa búsqueda por cerrar las heridas, uno busca culpables. Necesitamos ponerle caras a la desgracia, ver a alguien pagar por lo que le pasó a un ser querido. Nivelar la balanza. En este caso, cuando se habla de culpables, hay nombres que vienen instantaneamente a la cabeza: Patricio Pato Fontanet, Omar Chabán, Aníbal Ibarra. Lo que tal vez no viene a la mente es otro factor, indirecto pero determinante, que tiene un alto grado de responsabilidad en esta tragedia, así como también en muchas otras.

Ayer por la noche, perdiendo el tiempo en Twitter, me topé con unas observaciones que hizo @AdelfaIsNotDead con respecto a Cromañón. Cito textualmente algunas de ellas:


"7 años de Cromañon. Estaría bueno que algún día se debata en serio la responsabilidad de los que fomentaron la cultura del aguante".

"Se fomentó la irracionalidad camuflado de "folklore" y si no eras irresponsable entonces eras boludo. La culpa sigue siendo de los otros...". 

"Y aunque duela también es culpa del público del rock. Ibamos en una espiral que iban a tirar molotovs si una banda lo pedía".


Al leer esto, no pude evitar detenerme a pensar en esto de la "Cultura del Aguante". La vemos todo el tiempo: en la calle, en la cancha, en los recitales, en los boliches, en bares. La vemos en todos: chicos, adolescentes, grandes. Lo increíble de este fenómeno, es lo arraigado que está en toda la Sociedad, ya que no discrimina por raza, por clase social, por edad, ni ningún otro factor.
La Cultura del Aguante es esa competencia por ser el más heavy, el que más se la banca. En realidad es una forma primitiva de buscar aceptación y status entre los pares y, de esa forma, levantar la estima propia, pero esta no es la interpretación popular de tener aguante.

Las hinchadas intentando demostrar que son las más pesadas, a las que más se les debe temer, y de esta forma dejando muertos en el camino y arruinando al fútbol. Los adolescentes, cagándose a trompadas en la calle a la salida de un boliche, porque querer arreglar las cosas hablando es de cagón, pero patearle la cabeza a alguien que se cayó, no. Ladrones asesinando a alguien para robarle, por el simple hecho de tener un arma y no tener miedo de usarla. Mismo los chicos que terminan totalmente quebrados de alcohol a pesar de que tal vez no les gusta, pero no pueden decirle a sus amigos que no quieren tomar por miedo a la no aceptación. Pensando en estas cosas, es imposible no ver cómo esto tuvo responsabilidad en la tragedia de Cromañón. Porque el público de rock está lejos de ser ajeno a estas actitudes. 
Esta Cultura es fomentada por todos, combatida por pocos y ya forma parte de nosotros como una faceta más de nuestra personalidad. Se instaló como una forma más de ejercer supremacía sobre el resto, de ser respetado. Mientras que no haya conciencia de esto, tragedias seguirán pasando y las seguiremos lamentando.

Hoy, Patricio Fontanet tiene una banda llamada Casi Justicia Social. Omar Chabán fue condenado a 8 años de prisión. Aníbal Ibarra sigue en la política. Y la Cultura del Aguante también sigue, caminando entre nosotros, adentro nuestro y cobrándose víctimas mientras crece.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Melancolía.

Uno a veces se hace preguntas existenciales. No necesariamente en un plano demasiado profundo o inherente a los humanos como raza, plano filosófico si se quiere, sino relacionadas a cuestiones del plano personal. Ejemplos como "¿Qué voy a hacer con mi vida?" o "¿Qué estoy haciendo con mi vida?", las cuales son claramente diferentes, son las primeras en venir a mi cabeza, lo que supongo que las hace típicas. No es ninguna de esas dos preguntas que usé como ejemplo la cuestión sobre la que me quiero explayar.
Al finalizar de ver la película "Melancholia", de Lars Von Trier, me quedé pensando en otra pregunta, también aplicable a este plano personal:
 
"Si me muriera hoy, ¿qué hubiera logrado en mi vida?"

La diferencia fundamental entre las dos preguntas que había usado como ejemplos y esta pregunta central, es que en las primeras dos hay una completa incertidumbre mientras que la última es simplemente un proceso evaluativo. A lo que me refiero con esto es que el tono retórico de las dos primeras implica que, claramente, no sabés lo que estás haciendo o lo que vas a hacer con tu vida. Por otro lado, preguntarte qué lograste hasta hoy, es meramente evaluar los hechos más sustanciales de tu vida, tus logros, lo que te hizo feliz, si se quiere.
Entonces, mientras me preguntaba esto de mis logros, se me ocurrió extrapolar y convertir la pregunta personal en ese tipo de pregunta del plano filosófico al que hacía referencia al principio. Ese proceso me llevó a la siguiente pregunta:

"Si el mundo se acabara hoy, ¿cuántos estarían satisfechos con lo logrado en sus vidas?"

Ahora, no se si es por propio pesimismo, por error o por algún otro factor, pero se me ocurrió que la respuesta sería que no muchos lo estarían. Y al pensar en un por qué, llegué a una idea que puede ser cierta o no, pero que tendría un optimismo innato en ella.
Esa idea es que no alcanzamos ese nivel de satisfacción porque no podemos evitar poner en la balanza nuestros logros contra los logros ajenos. Y esta comparación pone en "desventaja" a la mayoría, porque son muy pocos los que cambian el mundo, los que salvan una vida. Con tanto peso del otro lado, ¿cómo inclinás la balanza para el lado de la satisfacción?

Como conclusión relacionada, pienso que estaríamos mucho más satisfechos si, en vez de compararnos constantemente, menospreciando nuestros logros porque alguien hizo algo mejor, lográramos simplemente valorarnos por lo que somos, por lo que hacemos bien y para bien, y así seríamos mucho más felices. Si en nuestra balanza pusiéramos nuestros logros contra nuestros errores, seguramente seríamos muchos más los que, si el mundo se terminara hoy, nos iríamos tranquilos por nuestro desempeño durante el tiempo que nos tocó vivir.

Hasta la próxima marea.