Existe una dificultad inherente al acto de empezar a escribir y esa es que, efectivamente, uno tiene que empezar. Las primeras palabras, la primera idea, la forma de expresarse inicial le da forma a los ojos del lector y le cambia el prisma de acuerdo a su perspectiva: si le gustó la onda lee con un poco más de ganas, capaz que hasta le deja pasar una o dos porque ese interés inicial logró convencerlo; por otro lado, si de entrada le pareciste un gil, no sólo no va a leerte, sino que le va a decir a todos que te leyó y que, sin lugar a dudas, sos un gil.
Pero bueno, ya pasó el primer párrafo así que, técnicamente, ya empecé. Con lo cual me puedo tomar una de esas licencias en caso de interés y cambiar radicalmente de tema, al tema que, en una de esas, es el que me llevó a ese primer párrafo inconexo. ¿Cómo decir lo que uno quiere decir? ¿Qué es lo que uno quiere decir? ¿Hace falta decir algo? De las 3, la más fácil de contestar es la última y la respuesta es "No". Nunca hace falta decir algo, lo que no significa que uno no quiera hacerlo. Los motivos ya son charla de carioca.
La subjetividad nos guía en los juicios de valor que hacemos todos los días y en los que se basan todas las jerarquías y estructuritas que nos gobiernan por arriba de los que nos gobiernan. Y esa subjetividad sólo existe en los ojos del otro, por lo que si no hay otro, no hay nada. "El Hombre es un animal social". Y sí. Si no hubiéramos tenido como motor superar al otro, probablemente no hubieramos hecho un choto, así que sí, somos un animal social. La valoración que el otro hace de nuestras acciones es el arma fundamental que saca el proceso de decisiones que tenemos programado en el cerebro para convencernos de actuar "bien", de acuerdo a la moral de turno. Porque realmente nadie te obliga a no salir a la calle, echarte un garco en la vereda, subirte los lompas e irte a tu casa de nuevo. El tema es la vergüenza, y que el vecino que se vuelve loco porque los perros le cagan el arbolito que tiene en la puerta de su casa te llega a ver y te va a correr hasta meterte la caca para adentro del culo con el puntín de la zapatilla, pero el punto es que ni siquiera se llega a eso.
Yendo de lo "tan general que medio que ni se de qué estás hablando" a lo "esto es tan particular que ídem anterior", esa misma subjetividad se encarga de juzgar lo que leés, vis-à-vis, estos bytes en formato cartulina que tenés adelante de tus ojos. Y me encontré pensando en qué sería "lo correcto": si pensar en el lector a la hora de escribir o si uno tiene que escribir lo que se le dé la gana y cómo se le dé la gana y al que le gusta bien y al que no que se compre otro libro de Coelho.
Acá hago el gancho con el título, lo cual es genial porque sino no sé, pero tenía que haber un gancho. Para tratar de entender qué sería lo correcto, bajo mi propio prisma, pensé la siguiente gilada: "¿Qué sabe ese gil que dice que soy un gil si soy un gil? Hablame de Sensación de Inseguridad intelectual". Y es eso, es el miedo a que los demás te vean como un gil lo que te lleva a pensar en el otro antes de en cómo querés vos decir algo y, más importante todavía, qué es lo que querés decir. Si te vas a sentar a tirar postas como si fueras un elder de alguna tribu de la concha de la lora a la vuelta, ahí probablemente no sólo quedes, sino seas un gil. Pero en la expresión sin verdad no hay verdad. Y preguntarse y tratar de contestarse es de lo más lejano a ser un gil en mis libritos.
Con lo cual cómo empieza uno a escribir debería ser tan natural como cómo empieza uno a hablar, y ahí ni en pedo dedicamos tanto tiempo a pensar antes de largar frula. Yo, personalmente, finalicé el desafío Fort Boyard de escribir algo más largo que un eructo de chocotorta bajada con Coca-Cola.
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