Tu barrio, tu ciudad, tu provincia, tu país, tu continente. Ser de Colegiales, ser de Capital Federal, ser de Buenos Aires, ser latinoamericano. En el sentido estricto, cada una de estas categorizaciones son discriminaciones. Decir que cada barrio tiene su propia cultura podría ser exagerado, lo que no significa que no exista discriminación a partir de la pertenencia a uno en particular. Categorizar, esa actividad tan necesaria para los afanes organizativos de las personas. Esta necesidad, que quedará para los eruditos determinar si antecede a la moral y así determinar si la discriminación es "mala" o si funciona como un primitivo mecanismo de defensa devenido en violencia social por cruces culturales, me llevó a pensar en un plano de no-posibilidad de discriminación.
Siguiendo con la lógica de extensión de la primera oración, nos quedaría: tu barrio, tu ciudad, tu provincia, tu país, tu continente, tu mundo. Por "mundo" me refiero puntualmente al planeta que habitamos: nuestra Tierra. Ya no más chata ni sostenida por tortugas.
Tal vez llegue el día en el que seres interplanetarios nos acusen de n-adjetivos por terrícolas, pero si hay algo que es cierto es que, hoy por hoy, nadie puede hacerlo. Así, la "discriminación" por terrícolas sería una de las pocas en las cuales la totalidad de la Humanidad queda contenida y a salvo.
Cuando uno intenta hacer algún análisis, probablemente incompleto, plagado de errores, vago e impreciso de la Humanidad en la actualidad, es muy difícil realmente estar hablando de La Humanidad y no de alguna de sus facciones (discriminaciones).
Recientemente tuve el agrado de toparme con "Las Partículas Elementales", de Michel Houellebecq. Antes de seguir, recomiendo altamente su lectura. No sólo por ser una novela brillante, sino porque los planteos filosóficos, en teoría no discriminativos, que levanta, son una crítica cruda al posmodernismo y al curso en el que avanza la raza humana como un todo. Ahora, ¿a quién critica puntualmente Houellebecq? Dejando de lado su fascismo poco disimulado, su odio al Islam y alguna que otra crítica al pasar al mundo musulmán (que bien podría ser denominado El Mundo de Oriente), Houellebecq critica en particular al mundo de Occidente. Y acá se produce un quiebre en esa discriminación inicial. Porque Occidente no es una separación geográfica. Occidente es una separación filosófica, cosmológica si se quiere. Y, por más que tecnicamente la mitad del mundo forme parte de Occidente en sentido geográfico estricto, la realidad es que es muchísima menos gente la que comparte su cosmovisión.
En un principio, al finalizar el libro, sentí una depresión muy grande. Que una mente con una capacidad de abstracción tan alta y una capacidad de análisis tan completa pinte un panorama tan oscuro me generó una sensación de desesperanza enorme. Y ahí vinieron a salvarme todas nuestras discriminaciones. ¿Por qué? Porque no todos somos Occidente. Porque no todas las sociedades viven sumidas en la depresión del tedio y la individualización sexual. Porque así como un paradigma llevó a una porción de la Humanidad a dominar culturalmente a gran parte del resto hasta hacerlos creer ciegamente que forman parte de ella, la realidad es que nosotros no terminamos de encajar en ese Occidente negro, depresivo, que coarta su utopía en su propia realización.
Occidente considera que Occidente es todo, y que todos somos ellos. Nosotros tenemos que pensar a qué bando queremos pertenencer, o si queremos empezar un bando propio. Una cosmovisión propia. Crear nuestra propia discriminación.
sábado, 27 de diciembre de 2014
martes, 23 de diciembre de 2014
La Sensación de Inseguridad intelectual.
Existe una dificultad inherente al acto de empezar a escribir y esa es que, efectivamente, uno tiene que empezar. Las primeras palabras, la primera idea, la forma de expresarse inicial le da forma a los ojos del lector y le cambia el prisma de acuerdo a su perspectiva: si le gustó la onda lee con un poco más de ganas, capaz que hasta le deja pasar una o dos porque ese interés inicial logró convencerlo; por otro lado, si de entrada le pareciste un gil, no sólo no va a leerte, sino que le va a decir a todos que te leyó y que, sin lugar a dudas, sos un gil.
Pero bueno, ya pasó el primer párrafo así que, técnicamente, ya empecé. Con lo cual me puedo tomar una de esas licencias en caso de interés y cambiar radicalmente de tema, al tema que, en una de esas, es el que me llevó a ese primer párrafo inconexo. ¿Cómo decir lo que uno quiere decir? ¿Qué es lo que uno quiere decir? ¿Hace falta decir algo? De las 3, la más fácil de contestar es la última y la respuesta es "No". Nunca hace falta decir algo, lo que no significa que uno no quiera hacerlo. Los motivos ya son charla de carioca.
La subjetividad nos guía en los juicios de valor que hacemos todos los días y en los que se basan todas las jerarquías y estructuritas que nos gobiernan por arriba de los que nos gobiernan. Y esa subjetividad sólo existe en los ojos del otro, por lo que si no hay otro, no hay nada. "El Hombre es un animal social". Y sí. Si no hubiéramos tenido como motor superar al otro, probablemente no hubieramos hecho un choto, así que sí, somos un animal social. La valoración que el otro hace de nuestras acciones es el arma fundamental que saca el proceso de decisiones que tenemos programado en el cerebro para convencernos de actuar "bien", de acuerdo a la moral de turno. Porque realmente nadie te obliga a no salir a la calle, echarte un garco en la vereda, subirte los lompas e irte a tu casa de nuevo. El tema es la vergüenza, y que el vecino que se vuelve loco porque los perros le cagan el arbolito que tiene en la puerta de su casa te llega a ver y te va a correr hasta meterte la caca para adentro del culo con el puntín de la zapatilla, pero el punto es que ni siquiera se llega a eso.
Yendo de lo "tan general que medio que ni se de qué estás hablando" a lo "esto es tan particular que ídem anterior", esa misma subjetividad se encarga de juzgar lo que leés, vis-à-vis, estos bytes en formato cartulina que tenés adelante de tus ojos. Y me encontré pensando en qué sería "lo correcto": si pensar en el lector a la hora de escribir o si uno tiene que escribir lo que se le dé la gana y cómo se le dé la gana y al que le gusta bien y al que no que se compre otro libro de Coelho.
Acá hago el gancho con el título, lo cual es genial porque sino no sé, pero tenía que haber un gancho. Para tratar de entender qué sería lo correcto, bajo mi propio prisma, pensé la siguiente gilada: "¿Qué sabe ese gil que dice que soy un gil si soy un gil? Hablame de Sensación de Inseguridad intelectual". Y es eso, es el miedo a que los demás te vean como un gil lo que te lleva a pensar en el otro antes de en cómo querés vos decir algo y, más importante todavía, qué es lo que querés decir. Si te vas a sentar a tirar postas como si fueras un elder de alguna tribu de la concha de la lora a la vuelta, ahí probablemente no sólo quedes, sino seas un gil. Pero en la expresión sin verdad no hay verdad. Y preguntarse y tratar de contestarse es de lo más lejano a ser un gil en mis libritos.
Con lo cual cómo empieza uno a escribir debería ser tan natural como cómo empieza uno a hablar, y ahí ni en pedo dedicamos tanto tiempo a pensar antes de largar frula. Yo, personalmente, finalicé el desafío Fort Boyard de escribir algo más largo que un eructo de chocotorta bajada con Coca-Cola.
Pero bueno, ya pasó el primer párrafo así que, técnicamente, ya empecé. Con lo cual me puedo tomar una de esas licencias en caso de interés y cambiar radicalmente de tema, al tema que, en una de esas, es el que me llevó a ese primer párrafo inconexo. ¿Cómo decir lo que uno quiere decir? ¿Qué es lo que uno quiere decir? ¿Hace falta decir algo? De las 3, la más fácil de contestar es la última y la respuesta es "No". Nunca hace falta decir algo, lo que no significa que uno no quiera hacerlo. Los motivos ya son charla de carioca.
La subjetividad nos guía en los juicios de valor que hacemos todos los días y en los que se basan todas las jerarquías y estructuritas que nos gobiernan por arriba de los que nos gobiernan. Y esa subjetividad sólo existe en los ojos del otro, por lo que si no hay otro, no hay nada. "El Hombre es un animal social". Y sí. Si no hubiéramos tenido como motor superar al otro, probablemente no hubieramos hecho un choto, así que sí, somos un animal social. La valoración que el otro hace de nuestras acciones es el arma fundamental que saca el proceso de decisiones que tenemos programado en el cerebro para convencernos de actuar "bien", de acuerdo a la moral de turno. Porque realmente nadie te obliga a no salir a la calle, echarte un garco en la vereda, subirte los lompas e irte a tu casa de nuevo. El tema es la vergüenza, y que el vecino que se vuelve loco porque los perros le cagan el arbolito que tiene en la puerta de su casa te llega a ver y te va a correr hasta meterte la caca para adentro del culo con el puntín de la zapatilla, pero el punto es que ni siquiera se llega a eso.
Yendo de lo "tan general que medio que ni se de qué estás hablando" a lo "esto es tan particular que ídem anterior", esa misma subjetividad se encarga de juzgar lo que leés, vis-à-vis, estos bytes en formato cartulina que tenés adelante de tus ojos. Y me encontré pensando en qué sería "lo correcto": si pensar en el lector a la hora de escribir o si uno tiene que escribir lo que se le dé la gana y cómo se le dé la gana y al que le gusta bien y al que no que se compre otro libro de Coelho.
Acá hago el gancho con el título, lo cual es genial porque sino no sé, pero tenía que haber un gancho. Para tratar de entender qué sería lo correcto, bajo mi propio prisma, pensé la siguiente gilada: "¿Qué sabe ese gil que dice que soy un gil si soy un gil? Hablame de Sensación de Inseguridad intelectual". Y es eso, es el miedo a que los demás te vean como un gil lo que te lleva a pensar en el otro antes de en cómo querés vos decir algo y, más importante todavía, qué es lo que querés decir. Si te vas a sentar a tirar postas como si fueras un elder de alguna tribu de la concha de la lora a la vuelta, ahí probablemente no sólo quedes, sino seas un gil. Pero en la expresión sin verdad no hay verdad. Y preguntarse y tratar de contestarse es de lo más lejano a ser un gil en mis libritos.
Con lo cual cómo empieza uno a escribir debería ser tan natural como cómo empieza uno a hablar, y ahí ni en pedo dedicamos tanto tiempo a pensar antes de largar frula. Yo, personalmente, finalicé el desafío Fort Boyard de escribir algo más largo que un eructo de chocotorta bajada con Coca-Cola.
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